lunes, 19 de enero de 2009

La historia de mi madre es mi historia

MI MADRE



Mi madre está loca. Muy loca. Pero la quiero. La quiero de tal forma que no me importa que este loca. Amor de hijo a madre. Cuando supe más de su pasado, vi a mi madre con un punto de vista desconocido para mi hasta aquel entonces. A mi madre, en el colegio, le decían loca. Conoció a mi padre a los dieciséis años. Me tuvieron. Soy el fruto de una aventura. De las hormonas. Luego maldice la religión ese tipo de actos. Ese tipo de actos soy yo, cada una de las células que componen mi cuerpo deriva del pecado. Picores de entrepierna. Una vez me peleé con un chico que me dijo que mi madre debería estar encerrada en un manicomio. Me sentí profundamente mal. Luego, tras la pelea, de la que yo salí perdiendo, me insultó llamándome hijo de mi. Acto seguido yo me cagé en todos sus muertos. Nunca he sido un buen hijo. Es decir, no hacía las cosas que un hijo normal suele hacer. Me peleaba mucho con mi madre, la odiaba porque pensaba que era una drogadicta, fumadora, alcohólica, fracasada e incluso con principios de ninfomanía bisexual. Pero sé que no es cierto. Es mi carne. Nací de una costilla de mi madre, de mi padre, apenas conozco su nombre. Recuerdo que tenía un gran bigote que me hacía un ligero cosquilleo cuando me besaba en mi primera infancia. Mi madre solo sobrevive, le succioné una parte de ella en la leche materna. Eso no lo hace todo el mundo. Mi madre es para mí como Buda para cualquier tibetano. El objeto, causa y motivo de mi felicidad. Mi madre no tiene trabajo ahora. Se pasa el día medio dormida de un lado para otro. No tuvo una infancia fácil. Mi abuelo murió en la guerra, pero es una historia demasiado triste. A partir de un brote de tifus, por aguas contaminadas, murió delirando siendo mi madre pequeña. Mi abuela me quiere, sola en el mundo, pasa sus días rodeada de recuerdos. Nunca hizo mal a nadie pero las heridas de su pasado siguen abiertas en su pecho. Otro superviviente de la vida que cada mañana se levanta con una ligera nostalgia por tiempos mejores. Ahora mi madre saldrá a conseguir un empleo de dependienta en una tienda de antigüedades. Yo le animo a lo que consiga porque suena de cine el trabajo. Suena jodidamente mejor que cualquier apestoso empleo que pueda tener cualquier marrana de barrio con piercing en la lengua. Para conocerme a mi, debo conocer el mundo que me rodea. Mi madre es el eclipse que me ha separado del mal durante mis dieciséis años de vida. Es necesario darle las gracias. Con sus zapatos nuevos, el olor de un perfume intento, oigo sus pasos salir por la puerta de mi casa. Mi madre deja huella. Tiene ahora un amigo amante llamado Cesar. Mi madre se llama Leticia. Yo soy Alberto. Aprendí a leer a los cuatro años. Mido un poco más de metro y pico. Me cuesta levantarme por las mañanas. Escucho música punk y quiero fugarme de este lugar, de esta jaula, en cuanto encuentre unas alas con las que poder echar a volar.




Mi madre tiene mala fama. Según me contó Juan Palma de adolescente estuvo tiempo en un reformatorio sin ver la luz del sol. Una chica muy fea me dijo que mi madre era traficante en su época, vestida de hippy, todo el mundo tenía miedo. Una vez oí a dos profesores diciendo que cuando mi madre era alumna y ellos sus compañeros, se le iba la cabeza y no paraba de hacer cosas extrañas. Lo de las cosas extrañas es genético. A mi madre, a su padre, y sucesivamente hasta llegar a mi tenemos ataques de espasmos repentinos. Cuando nos alteramos, cuando respiramos fuertemente, sin poderlo evitar, no controlamos nuestro cuerpo y nos colapsamos agitando violentamente el cuerpo. Es como morir, un pequeño dolor de cabeza. Una vez estando yo solo en casa de pequeño, caí en el baño a causa de un ataque. No recuerdo nada más. Mi madre siempre lo relata como el episodio más terrible y sangriento de su vida. En mi cabeza, al estilo Harry Potter, una cicatriz marca mi ceja derecha. Pasé un par de días en el hospital a base de puntos hasta que me recuperé por completo. Tenía ocho años. Ahora que ha pasado el doble de tiempo parece que fue ayer. Que poco me gusta esa expresión. Cuando oigo a la gente decir eso no lo entendía. Y ahora, noto el paso de los días con un extraño melancolía por el tiempo perdido.

Mi madre nació el 26 de diciembre hace muchos, muchos años. Cada día en su cumpleaños le regalo un libro. Es una gran lectora. Tanto que está desarrollando una miopía de andar por la vida sin ponerse las gafas. En el fondo es como una niña pequeña. A veces se pasa todo el día metida en la bañera. Recuerdo un día hace años, cuando espiando detrás de la puerta de la cocina la vi besando a una vecina. Un beso fugaz, pero extraño para mí. Una imagen que nunca olvidaré. Desde entonces, en los sueños, me persiguen los insultos del rechazo social a mi madre. Mi madre siempre ha sido una persona muy digna, tanto que a veces me da miedo su sobriedad a la hora de hablar. Domina el lenguaje como nadie. Podría ir a cualquier concurso de la tele y arrasar con el premio final. Por eso la gente la llama loca. A Juana la loca la apodaban así por estar adelantada a una sociedad atrasada basada en matrimonios de interés. A Juana De Arco la condenaron de loca por defender un ideal. Cantidad de mujeres ninguneadas en su tiempo, pero con el tiempo reconocidas y admiradas o pasadas en un injusto anonimato que te cagas. Solo con el telescopio del paso del tiempo podemos ver las cosas con mayor claridad. Una vez fui a una capital con ella a la consulta del dentista. Jamás he contado a nadie más esta experiencia, bueno si, para ser sincero, a una amiga hace tiempo pero dudo que pueda leer lo que relato a continuación. Mi madre tenía cita con el médico y me dejó en una gran biblioteca. Tenía miedo porque era un lugar desconocido, era pequeño y me sentía asustado al estar solo. Pasaba el tiempo y yo con la mirada fija a la pared, esperando oir la reconocible forma de andar de mi madre. Unos niños me miraban y se reían. Comentaban por lo bajo. En una biblioteca hay que guardar las formas me dijo mi madre de camino a la ciudad. Ahora lo recuerdo todo como si fuera ayer. Los momentos, las personas, las caras, la ropa… Todo se golpea en mi mente, tras las retinas de una forma violenta y directa. Como un puñetazo en mi mente. La cuestión es que estaba yo escuchando pasar los segundos del reloj. Uno tras otro. Las risas del grupo de un niños con tres niñas. Se levanta el niño y se dirige a mí. Yo pienso que es el niño más repugnante del mundo. Su cara llena de granos, su extraña forma de pronunciar la r, su aparato de dientes y su sonrisa de conejo muerto me producen un miedo que a punto estoy de abrir la boca y pedir socorro. Me saluda y me dice: “¿Por qué no hablas, es qué eres mudo?” A lo que yo le responde con un inconsciente y rotundo Sí. El niño se queda cortado y va de regreso a su punto de origen. En los diez minutos que permanezco en aquel lugar no vuelvo a oír sus voces. Me sentía jodidamente feliz. Mi madre viene y me agarra de la mano. No me acuerdo de nada más. Mi madre es la persona más guapa del mundo, tiene una delgadez y un cuerpo por el que no pasan los años. Su único defecto es ser madre. Yo soy su defecto. Nací con el peso de la culpa sobre mis espaldas.





escrito integramente por mi en enero del 2009 y dedicado (obviamente)a mi madre

domingo, 14 de diciembre de 2008

pajaritos




Me encanta esta película!